La primera parte de esta entrevista, realizada en una terraza portuguesa refrescada por una suave brisa, aborda la juventud de James Benning en un barrio pobre de Milwakee, su descubrimiento de la música y de la pintura, que podemos resumir en una serie de “Ces”: Canción, Cromos, Colección, Copia. Es una forma de afrontar una filmografía que incluye casi cuarenta películas, de las cuales la mitad son largometrajes, por lo más simple y narrativo, y disipar desde el principio un malentendido tenaz: este cine no es en absoluto abstracto ni contemplativo. Al contrario, no deja de contar historias, con frecuencia de forma simultanea, como en el extraño –y a pesar de ello central- American Dreams (1983). ¿Benning como maestro del plano secuencia y de la duración? Quizás, pero, en ese caso, lo es en la medida en que una narración puede construirse de forma distinta a un guión: en la duración de los planos y de las acciones que, aún mínimas, le dan vida; en el montaje que, bajo la apariencia de una neutralidad descriptiva, crea vastas redes de sentido; en la autonomía de los relatos y de las imágenes que terminan por ahondar en las fuerzas políticas, históricas, sociales, cinematográficas ocultas en la indiferencia de los paisajes.



Casi nunca se menciona su vínculo con la música popular. Conociendo la importancia que ella tiene en su obra, ha debido tenerla también en su vida.

Crecí en una casa donde apenas había libros, sin obras de arte en las paredes, nada salvo la cultura popular. A mis quince años escuchaba a Elvis Presley y todo el nuevo rock n’ roll. Solía abastecerme en una nueva tienda de discos de Milwakee, donde trabajaba una joven. En esa época me daba la sensación de ser vieja, pero apenas debía de tener treinta años. Recuerdo su rojo de labios, vivo. Me encontraba hurgando en las estanterías cuando ella se me acercó y me dijo: “ven aquí, voy a enseñarte otra cosa. Hay un grupo de jazz vocal que creo que te gustaría mucho”. Me enseñó un disco de Lambert, Hendricks & Ross. Al volver a casa, lo escuché varias veces sin que llegase a gustarme realmente. Pero me impactó el hecho de descubrir que existía toda una parte de la cultura cuya existencia ignoraba completamente.  Fue mi primera iniciación a una cultura artística externa. Me enamoré de ese disco, y también un poco de aquella chica, que continuaba recomendándome discos de jazz. Por primera vez, una influencia externa me hacía replantearme mi vida. Tuve la ocasión de rememorar esta historia porque hace cuatro o cinco años, en Londres, alguien había hecho una película sobre las mujeres en el jazz, entre ellas Annie Ross, que se encontraba en Londres en ese momento. Pude conocerla y contarle mi historia. Lloró al escucharla. 

 

Usted emplea la música como una referencia en el tiempo, tanto histórico como emocional.

El mejor ejemplo es, quizás, American Dreams (1983). En esa película, empleo cromos de baseball de Henry Aaron, quizás el mejor jugador de la historia, para reconstruir los años que van entre 1954 y 1975, en los que él jugaba al baseball. Se le conoce sobretodo por haber batido el record de Babe Ruth: un negro batiendo el record de un blanco. Era una época muy racista. Aaron recibió numerosas amenazas de muerte, cartas llenas de ira que no fueron reveladas a la prensa hasta décadas después. Pensaba escribir un relato de iniciación donde utilizaría a este personaje para reconstruir mi propia evolución. Jugaba precisamente en los Milwakee Braves, de quienes yo era un gran fan, y años después regresó para terminar su carrera en los Milwakee Brewers. En cierto modo, era el héroe de la película. Ilustré su carrera a través de discursos políticos que habían tenido lugar en cada año representado. Los discursos se escuchan cada vez que aparece la cara de los cromos. Cuando aparece el dorso, asocio una canción popular de la época. Era la primera vez que catalogaba música para representar una época, o el sentimiento de una época. No se trata necesariamente de cosas que yo escuchase, sino que se vincularan con el espíritu de aquellos años, canciones enclaustradas en el espíritu de un año. El tercer elemento de esta película es un texto extraído del diario de Arthur Bremer, inscrito a modo de subtítulo desfilando en la parte baja de la pantalla. Bremer tanteaba la idea de matar a Nixon antes de fijar su punto de mira en el gobernador George Wallace. Este consiguió salir con vida, pero se quedó minusválido. Bremmer era un hijo de la clase obrera de Milwakee. Escribió un diario en primera persona, donde hablaba de su ciudad. Cuando la película empieza y las palabras de este diario en primera persona, hablando de Milwakee, empiezan a desfilar en la pantalla, podemos pensar que es mi diario. Más adelante la historia se precisa, el narrador se lanza en una carrera extraña hacia la infamia, que aún permite pensar que podría ser mi alter ego. Poco a poco, nos damos cuenta de que se trata de mucho más: es el anti-héroe de esa época. Como Ted Kasczinski (el terrorista americano apodado el Unabomber) en su texto (sobre el cual me encuentro trabajando), Bremer se contradice mucho. Al principio evoca su compasión hacia los pobres. Más adelante, al escribir sobre un paseo en limusina, su superioridad hacia ellos. Existe en él una dicotomía interesante, que sería una reverberación de la existente entre el héroe y el antihéroe en la película. Utilizar estas veinticuatro canciones devolvía, al fin y al cabo, al uso de la música como un parámetro social, más aún al escucharla después de un discurso político. La música permite, igualmente, un juego sobre el tiempo como eco de los otros dos parámetros temporales de la película: un tiempo cronológico, 1954-1975, y el reducido tiempo del texto de Bremmer, escrito en un periodo de seis meses en 1973. Es una forma de solicitar al público que haga uso de su memoria.

 

¿Estaría en ese mismo espíritu, la elección de incluir una canción de Leonard Cohen en One Way Boogie Woogie (1977)? 

El titulo de la canción hace referencia, obviamente, a Broadway Boogie Woogie, una de las últimas series de Piet Mondrian. Cuando la pintaba, escuchaba mucha música boogie woogie, lo cual me parecía curioso. Estaba bastante convencido de emplear una canción de Cab Galloway, The Calloway Boogie, quintaesencia del género. La de Leonard Cohen, Famous Blue Raincoat, me interesaba en la medida en que habla de un triángulo amoroso, con la particularidad de que el narrador agradece a su rival el haberle arrebatado a su mujer. Me interesaba por los diferentes tipos de evoluciones sociales y culturales de aquella época, los finales de los años 70, y especialmente la que estaba teniendo lugar en las relaciones hombre/mujer, dentro de la perspectiva del feminismo. En cuanto a la canción Stand by your man, se trata de una broma, naturalmente, ya que acompaña a un plano de humo de chimenea, un símbolo fálico recalentado. También he utilizado Chances are, de Johnny Mathis. De esta canción me gustaba la idea del azar matemático, que me parecía adecuada para una película que incluye sesenta relatos autónomos, con rimas y recurrencias.

 

Regresemos a esta experiencia que marcó su juventud, la apertura de otro mundo, el descubrimiento de la cultura… ¿Giraba sobre todo alrededor de la música?

En aquel momento sí. En Milwakee había un museo de arte donde se conservaban principalmente obras del siglo XVIII. A fuerza de frecuentarlo, pude al menos darme cuenta de que el arte no consiste en dibujar imágenes bellas, incluso si era eso lo que se mostraba en ese museo, principalmente. No descubrí los aspectos conceptuales del arte hasta mucho después. Fue la música la que me proporcionó una conciencia social. Mi adolescencia en un barrio muy racista me llevó a escuchar mensajes sociales en la música. Descubrí a Dylan y busqué todas sus influencias, Woody Guthrie, etcétera. Estudié el recorrido de Dylan, preguntándome por qué me afectaba tanto. Pero en aquella época apenas era consciente de que existía un mundo fuera del mío.

 

¿Tuvo la oportunidad de ver, por ejemplo, pinturas de paisajes en ese museo?

Un poco. Pero su colección de pinturas de paisajes era muy limitada. Aún no había descubierto a los grandes pintores del Hudson Valley, como Thomas Cole.

 

¿Cuándo empezó a interesarse por el arte folk?

A finales de los 80. Tenía amigos que lo coleccionaban. A través de ellos descubrí a los artistas folk del sur, como Mose Tolliver o Bill Traylor.

 

¿Y en qué medida influencian su trabajo?

Tras seis o siete años copiando arte folk, he aprendido, para empezar, a pintar bien. Se trata de estudiar de forma práctica sus pinturas, reproduciéndolas. La forma que tiene Bill Traylor de utilizar el espacio negativo, de desarrollar un plano, de utilizar cartón…me enseña también sobre mis propias composiciones. Así he visto surgir similitudes con mi proceso de trabajo. Es una lástima que se diga que Traylor es un artista naif, cuando se puede apreciar todo lo que su gran conocimiento de la agricultura aporta a su pintura. Sin ninguna duda, aprendió mucho sobre la pintura trabajando la tierra. Puede que esté siendo un poco romántico, cierto: él no debía de pensar en estos términos. Pero cuando por un descuido me alejo de la pintura original, mi composición pierde inmediatamente su fuerza, y la recupera si lo corrijo. Al copiar, me he dado cuenta de que él necesitaba esa precisión para obtener tales imágenes.

 

¿Le interesaba el Pop Art?

Tenía mucha curiosidad por Warhol y sus películas. También por sus primeras pinturas, las latas Campbell, etc. Pero ahora sus películas me parecen mejores que sus trabajos gráficos, y más importantes. Los Screen Test, en particular: la colección de retratos, el gesto de poner a unas personas en una sala y simplemente observar su reacción.

 

Parece que le interesa esta idea de coleccionismo. Su monografía del Film Museum de Viena muestra de manera destacada una colección de botellas de cerveza.

Comencé una primera colección a inicios de los años 80, cuando a mi hija le interesaban los deportes. Reuní cromos de baseball, que luego utilicé para American Dreams. La idea de reunir todos los cromos de Henry Aaron para hacer esa película me obsesionaba. Pero no era en el fondo algo tan diferente de lo que ya había hecho en One Way Boogie Woogie. Al principio tome ciento cinco fotos de los lugares, después seleccioné sesenta: los planos que luego volví a hacer, esta vez con una cámara. Casi un proceso de coleccionismo. Y reproducir One Way Boogie veintisiete años después, en 2004, es definitivamente un trabajo de recolección de esas imágenes. El proceso es esencialmente el mismo. Es precisamente esa la importancia de American Dreams, la primera película que avanzó esta calidad de coleccionismo que todas mis películas posteriores han tenido en mayor o menor medida.

PRIMER EPISODIO : CANCION, CROMOS, COLECCIÓN, COPIA

© James Benning. American Dreams, 1983.

Bill Traylor, Untitled Horse (Signed)

9/9/1939

Stylo sur carton

© Carl Hammer Gallery, Chicago.


Piet Mondrian, Broadway Boogie Woogie

1942-1943

Peinture à l’huile sur toile.

MOMA, NYC.

James Benning, One Way Boogie Woogie, 27 Years Later

1977-2004

16 mm, couleur

© James Benning


Henry Aaron

Arthur Bremer lors de son arrestation

ENTREVISTA CON JAMES BENNING




La Spiral Jetty de Robert Smithson siempre ha sido una figura esencial en su trabajo del paisaje.

La idea del cambio implica en primer lugar el de la vida a la muerte. Esto es algo que me surge tras experiencias con la muerte. Nunca lo había formulado abiertamente antes de hacer esa película y de comenzar a reflexionar sobre la Spiral Jetty. En un plano detalle vemos a una gaviota muerta. Esta imagen domina a todas las demás. Es la muerte. Vais a pasar un minuto frente a ella. Este cadáver supone una resonancia con la muerte de Robert Smithson en un accidente de avión, apenas unos meses después de la creación de la Jetty. También implica la idea de entropía, de la necesaria putrefacción de las cosas. Los escritos de Smithson sobre el tiempo geológico contribuyeron a introducir en ese lugar tan pequeño las ideas de vida y de muerte.

 

Comentaba usted, tras la proyección de la película, el hecho de que Nancy Holt hubiera presenciado la muerte de Smithson, al igual que Emmylou Harris presenció la de Gram Parsons, cuyo cuerpo quemó ella misma en el desierto. En un texto autobiográfico, usted menciona la muerte de un amigo cercano.

Estas historias de Emmylou Harrys y Nancy Holt no han sido confirmadas, podrían ser leyendas urbanas. Pero supongo que son verdaderas, porque es algo que también me ha pasado a mí. Me considero bastante afortunado de vivir cuando alguien muere. Es una experiencia horrible y sorprendente de la cual sales sintiéndote culpable obligatoriamente, preguntándote qué habría pasado si te hubieras despertado más temprano. Sucedió a finales de los años 70. Him & Me (1981) nace en cierta medida de esta experiencia. Invertí los géneros: el hombre muere y la mujer sobrevive. Las historias que se cuentan en la película surgen al mismo tiempo de la difunta y de mí mismo, envasadas como si fueran una sola historia, la del personaje femenino. Por lo tanto, hablo de un evento real ficcionalizándolo. A menudo, sentimos en ese tipo de situaciones la necesidad de trabajar, de continuar. Pero siempre hay una incomodidad cuando debemos tratar algo tan personal. Intenté igualmente inscribir esta horrible historia de desgracia en un contexto más vasto. Reflejar lo que estaba pasando en la cultura de esa época, aquello por lo que yo pensaba que el mundo estaba atravesando. Un contenido político por el cual me volví muy sensible tras la muerte de esta persona y que se puso a resonar en todas mis películas. Por ejemplo, las audiciones de McCarthy que había visto en la televisión desde mi infancia, se encuentran sugeridas en Him & me, y de nuevo en American Dreams (1984). Se ha editado un libro que reúne ocho de mis guiones, y si se lee en continuidad, en base a la recurrencia de los temas, se parece más a un solo film largo que a ocho separados.

 

Hablemos de Four Corners. Es al mismo tiempo una película sobre una región específica y una película donde usted trata su historia personal, su infancia en Milwakee. ¿Cómo se estableció esta conexión entre el lugar donde usted se crió y el lugar donde vive actualmente?

Four Corners es el nombre de la intersección de cuatro estados americanos: Colorado, Arizona, Nuevo México y Utah. Mi película tiene, igualmente, cuatro partes. Tres describen, efectivamente, tres “esquinas” de la región, pero el último es el barrio de mi infancia, sacado de mi Wisconsin natal y desplazado al lugar del film. Podría así hacer un paralelismo entre los ciegos prejuicios de mi infancia, los de los blancos hacia los negros en Milwakee, y los prejuicios de los blancos de Farmington, en Nuevo México, hacia los indios navajos. Podía establecer comparaciones entre los respectivos prejuicios, la forma en que se provoca a los pobres para enfrentarles entre ellos.

 

Hay cruces entre su biografía y los elementos de información que da usted sobre los lugares que visita. Una característica de su trabajo es ser a la vez histórico y geográfico.

Siempre intento introducir mi vida en un contexto más amplio. Pero no intento escribir historia, pues todas las historias han sido escritas por los vencedores de las guerras. Pero, dado que son todas falsas en grados diversos, ¿por qué no escribir la mía? La escribiría con toda la exactitud posible, sabiendo que a cada instante me arriesgo a recaer en mis propios prejuicios y mis propias interpretaciones. No intento, por lo tanto, escribir historias verdaderas, sino más bien metáforas de aquello que siento. Esos sentimientos son irrefutables y verdaderos, de la misma manera que la Spiral Jetty debe antes que nada ser considerada como la metáfora de su historia. Y, pese a que la cronología de Casting a Glance no sea verdadera, es más cierta que la cronología real. Basta con que la metáfora sea justa.

 

Decía usted antes que sus películas abarcan cada vez más cosas. Informaciones concretas, hechos, no sólo metáforas.

Para empezar observo las cosas sin cámara. Si saco de ellas un juicio de valor inmediatamente, se trata sobre todo de una forma de acceder a mi propia historia personal. Basta con comparar esa cosa a mi pasado para producir un sentido. Por ejemplo, los árboles que nos rodean hoy me hacen pensar inmediatamente en los campos de naranjos californianos. Esta relación con las propias experiencias pasadas permite siempre cuestionar la percepción; la observación te permite interrogarte sobre tu propia memoria, tu historia, tus prejuicios, tu sistema de valores. La cámara no tiene mente. Tan sólo graba. Mientras la imagen se proyecta, el público debe hacer su propia interpretación. Cada una es distinta en tanto que nace de un pasado y de una manera de observar diferente. Todos estamos observando. Siempre. Me gusta que una película sea capaz de construir esa situación donde, ante una imagen, cincuenta personas distintas tendrán cincuenta reacciones diferentes.

Toda forma de observación requiere, por supuesto, tiempo, e implica la cuestión de la duración, del tiempo que dedicamos a observar las cosas, y como estas cambian a través del tiempo. En 11x14 utilizo dos veces la canción de Bob Dylan Black Diamond Bay. En una de ellas, el ritmo rápido de la canción se une a la velocidad de un plano de una chimenea escupiendo humo abundantemente. La primera vez que lo ves, siempre haces una relación entre la imagen y el sonido muy simple, como en un videoclip. Después, te vuelves consciente del aspecto escultural del humo. El plano dura tanto, libera tanto humo, que puedes comenzar a preguntarte qué tipo de fábrica libera tanto humo, plantearte cuestiones de ecología…Al final, un avión aparece en una esquina del plano. El plano precedente había mostrado el despegue de un avión, y el siguiente muestra un aterrizaje: la tercera vía de lectura es narrativa. Todo parece entonces conectado a un relato. Me gusta que ese pequeño avión devuelva un plano a priori desconectado del relato a una perspectiva narrativa inesperada. La duración permite al público, por lo tanto, enlazar todas estas reflexiones. Permite una deriva del sentido. Si alguien se pone a pensar en hacer su colada, entonces ésta formará también parte del relato.

 

La duración permite pues más que la simple iluminación de los aspectos literales y estructurales de la película: permite aportar sentido, ir más allá de la contemplación de la belleza de un paisaje y de las cualidades formales del plano.

Todo depende del plano. Este plano del humo fue precisamente construido para desprender la calidad escultural de la imagen y las relaciones entre el sonido y la imagen. Los planos de diez minutos de 13 LAKES, donde una tempestad crece lentamente en la parte trasera del plano sirven por su parte para mostrar cómo un paisaje cambia radicalmente, pero de forma tan sutil que la única forma de tomar plena consciencia de tal cambio sería confrontar la primera y la última imagen del plano.

 

¿Cuál es su método? ¿Una vez que ha efectuado las localizaciones en un lugar, regresa a él para filmar?

Me he agotado durante mucho tiempo intentando explicar cómo construyo un plano. Pero el encuadre es algo intuitivo. No utilizo el lenguaje cuando encuadro. No me digo “mueve a la derecha, gira a la izquierda”. Esa vocecilla está totalmente desconectada. Con el tiempo, acabas sabiendo qué equilibro o qué relación de colores deseas. Me gusta jugar con la simetría y los límites del encuadre, el fuera de campo inmediato. Me impongo, del mismo modo, obligaciones, como en 13 LAKES, donde todos los planos deben incluir la misma cantidad de cielo que de agua, y mostrar la unicidad de una luz. Todo se encontraba, por lo tanto, fijado por un encuadre preconcebido; tan sólo necesitaba encontrar el lugar que convendría y esperar la climatología adecuada. Para One Way Boogie Woogie (1977), buscaba planos compuestos por diferentes bloques de color, con el fin de evocar el Broadway Boogie Woogie de Mondrian. Reducía voluntariamente los planos, pues. Durante el remake de la película en 2004, ya no quería tener tantos cuadros tan cerrados, así que los abrí ligeramente. Fue 10 SKIES la película que me proporcionó las experiencias más interesantes. Es difícil encontrar un encuadre en el cielo. Era necesario adivinar cómo sería el plano, cómo las nubes entrarían y saldrían de él. Como no miro nunca por el visor, ignoraba completamente cuál iba a ser el resultado. Hasta que recibo los revelados. El digital va a convertir este modo de trabajo en algo caduco.


TERCER EPISODIO : LA CÁMARA NO TIENE MENTE

Him & Me (1981)

Rebecca Pauly, Him & Me (1981)

© James Benning

La Spiral Jetty de Robert Smithson, casting a glance (2007)

© James Benning

Four Corners (1997)

© James Benning

TEN SKIES (2004)

© James Benning

11 X 14 (1976)

© Georg Wasner, Austrian Film Museum

CUARTO EPISODIO: ALGO MÁS QUE LENGUAJE

¿La belleza no es un problema? ¿Qué vínculo establece usted entre la belleza del mundo y la de las imágenes? ¿Existe un riesgo de celebrar cosas que no son positivas?

 

Puede haber un riesgo de ironía en la distancia entre la imagen y el objeto. Al mimo tiempo, la belleza no es algo que haya que temer. Al contrario, es necesario dejarla llegar. Estoy pensando por ejemplo en Crossroads (1976), de Bruce Conner, una película extremadamente bella, y sin embargo completamente constituida por found footage de unos ensayos de armas atómicas de los años 40. Me siento bastante ajeno a esta ironía, pero es también de allí de donde la película de Conner extrae su fuerza.

Es la diferencia entre belleza y forma lo que normalmente se obvia. No quarto da Vanda, de Pedro costa, ha sido violentamente atacado precisamente sobre este problema de la belleza. Se le reprochaba haber hecho un retrato sublime de la miseria.

Pero la estética debe ser igualmente una preocupación en los barrios pobres. Quizás las personas que viven allí no tienen el privilegio de aprovechar esa belleza. Quizás no la ven. Durante el rodaje de One Way Boogie Woogie (1977), mientras filmaba en una zona industrial, los responsables de una fábrica me llamaron la atención en varias ocasiones. Pensaban que hacía espionaje industrial o terrorismo, si no. Era 1977, antes de la era del terrorismo doméstico. Tuve que presentarme en sus oficinas y probar mi legitimidad para poder obtener una autorización. El director me recibió. Mientras yo le presentaba ciertos planos que evocaban a Mondrian o a Hopper, me interrumpió a gritos. Pensaba que me mandaría a paseo, pero de hecho estaba llamando a su secretaria, quería que yo le enseñase “la belleza de este barrio miserable”. Necesitaron un pequeño curso de arte para que me permitiesen filmar. Lo que más me irrita en el argumento de no mostrar los barrios miserables, es que normalmente viene de aquellos que no hacen absolutamente nada por solucionar el problema. La culpabilidad es la que guía esa clase de reacciones.

 

Las personas que no pueden soportar verlo en la pantalla tampoco podrían soportar vivir allí. Cuando usted filma un lugar, ¿lo que le preocupa es su belleza, o el hecho de volverlo bello?

Concibo cada plano en función de la forma en que la luz impacta sobre un objeto, en que describe un paisaje o un espacio, modifica las coordenadas espaciales, crea sombras, etcétera. Una vez más, no me da miedo la belleza y me gustan las cosas bellas. Pero la belleza no es un criterio estándar.

La probabilidad y la duración son así tenidas en cuenta en la composición del plano. La probabilidad como parámetro matemático, pero también como la fuerza de revelación de una imagen. ¿Se sorprende usted por sus imágenes? ¿Por cosas que suceden y que no usted no esperaba?

Mis primeras películas se refieren precisamente a estos aspectos. 11x14 (1976) y One Way Boogie Woogie son películas en las cuales una coreografía fue sometida a la perturbación o a la modificación por parte de un hecho imprevisto. Los resultados eran en ocasiones malos, en otras bastante felices. A la fuerza, se acaban obteniendo cada vez más resultados felices. Puede que esto demuestre que nosotros producimos nuestra suerte. Justo después del plano de la chimenea de 11x14 (ver primera parte de la entrevista), un avión aterriza. Había encendido la cámara justo cuando el avión llegaba, sabiendo que su sombra le seguiría. El plano fue construido con la intención de que dos aviones, uno en volumen, y el otro en sombra, se sucedieran. No había previsto la llegada de dos autobuses transportando pasajeros, avanzando en paralelo, y girando a la izquierda justo antes de la llegada del avión. Esto vuelve el plano diez veces más dramático. Los autobuses focalizan la atención del espectador, con lo cual ya no se mira cómo llega el avión. Fue una experiencia de juventud reveladora que me hizo pensar que podía preveer y coreografiar un plano esperando al mismo tiempo que algo imprevisto llegase para crear una interacción. Por cierto, este plano lo refilmé en Los.

 

¿El sonido interviene de la misma manera en este proceso, para perturbar la atención?

Hasta finales de los 90 no filmaba con sonido directo. Hasta ese momento todo era post-sincronizado a partir de un sonido que había sido grabado a posteriori. Mis primeras películas con sonido directo son las de la trilogía californiana, El Valley Centro, Los y Sogobi (1999-2001). Esto puede parecer absurdo, pero la verdad es que, sencillamente, nunca había pensado en ocuparme simultáneamente del sonido y de la imagen. Mejoré mucho en post-sincronización, y aún manipulo las bandas de sonido con el objetivo de crear una realidad más real. Excepción de alguno de mis primeros cortos, nunca he hecho películas completamente mudas. Soy muy consciente de los niveles sonoros, de las diferencias de ritmos, de los ruidos y del silencio. Los ambientes son a menudo muy minimales, pero nunca completamente silenciosos. En un sonido directo, en ocasiones escuchamos un ruido de coche a lo lejos que no tiene nada que ver con el plano. Las películas de Bresson son interesantes por esta razón. Suprimía muchas cosas del sonido para guiar la mirada y focalizar la atención, por ejemplo, sobre el ruido de los pasos.

 

Es al mismo tiempo una forma de desarrollar el fuera de campo

Completamente. Suelo citar el primer plano de One Way Boogie Woogie donde se oye un palo golpeando contra una verja antes de la entrada de una chiquilla, creando así un largo espacio fuera del campo a la derecha. Lo más difícil en este trabajo es no sobreproducir, permanecer sutil. Con Pro Tools ahora es posible construir bandas sonoras muy complejas a partir de cientos de pistas diferentes. Es una herramienta fascinante. Por supuesto, todas estas posibilidades tienen a alejar del minimalismo.

La dimensión escriturística de sus películas, la relación de las imágenes con los textos escritos, tiene a desaparecer en sus películas más recientes.

Efectivamente, he hecho muchas películas de ese género en los 80 y 90. Me gustaba jugar con el texto como imagen, empleando palabras animadas, el téxto como párrafo en sí, o como voz en of. Mi hija Sadie utiliza también la relación entre imagen y texto desde sus primeras película. Me pregunto de donde podrá venir esto, quizás de la publicidad y de su forma de utilizar el texto y la música para vender coches. Por otra parte, esto no es siempre interesante. Dado que la publicidad se ha inspirado mucho en el cine experimental, supongo que se puede decir que también es cierto viceversa. Antes de preguntar a Sadie de dónde le viene a ella, creo que debo plantearme yo mismo la pregunta.

Esto se percible claramente en One Way Boogie Woogie, no sólo a través de los juegos de palabras, sino también en las inscripciones presentes en la ciudad. Esto es algo que se puede encontrar a menudo también en el cine de Hollywood (como cuando, por ejemplo, en una película de Nicholas Ray sólo se iluminan las letras “hot” en el cartel luminoso de “hotel”) o en la fotografía de la misma época (Weegee).

Es particularmente cierto respecto a Deseret, donde busqué inscripciones de la historia en el paisaje. Por ejemplo, jeroglíficos indios en ruinas mormonas. Siempre es un poco más que simple lenguaje. Es casi una historia escrita a través de la construcción.

Está también próximo a los juegos pop con el lenguaje. Tati, Warhol, Mondrian…todo ello puede encontrarse en One Way Boogie Woogie.

Y quizás también Zabriskie Point, que me marcó mucho. Su manera de filmar el desierto es espectacular. Utiliza también muchos signos, paneles, carteles, utilizando no obstante una larga focal que yo nunca emplearía porque deforma excesivamente el espacio. Esta película se me grabó en la mente por todas estas razones y por el empleo de la narración como contexto de una investigación de un espacio desierto, o también la especie de sexualidad surrealista que lleva a una explosión. Es una película muy infravalorada que nos dice mucho más hoy que Blow-Up.

One Way Boogie Woogie (1977)

© Agrandissement par Georg Wasner, collection Austrian Film Museum

Crossroads de Bruce Conner (1976)


Zabriskie Point, Michelangelo Antonioni (1970)


Four Corners (1997)

© James Benning



QUINTA PARTE : CINEASTA FOLK

¿El aspecto lúdico de sus películas no implica necesariamente la idea de la trampa, de la falsificación?

Son palabras muy cargadas. La trampa se ejecuta normalmente para el beneficio propio. La veo, de mi parte, como una etapa normal del proceso que puede efectivamente estar ligada al aspecto lúdico de mis películas. En todo juego se puede hacer trampa. Se puede pensar que hago trampas al representar en Casting a Glance (2007) la vida de la Spiral Jetty en un año y medio, pero se trata sobre todo de una solución creativa para representar la Historia En el fondo, no es más mentira que un libro de historia. Es una técnica. Cuando comencé a copiar pinturas folk era porque no podía permitirme comprar una pintura de Bill Traylor. Murió pobre, pero sus obras se venden ahora mismo por 90.000 dólares. No tenía los medios y me dije que sólo me quedaba pintar yo las mías. Pero se descubre rápido que hacer trampas requiere mucho trabajo. Ahora mismo, sería fácil creer que poseo verdaderos lienzos de Bill Traylor. Recrear las obras de un outsider es quizás la trampa definitiva: hace de alguien como yo un artista folk diplomado. Si en ocasiones me doy el título de cineasta folk, es evidentemente otra mentira. Se trata simplemente de continuar sugiriendo que en su momento yo era tan ingenuo como un outsider. Pero las películas nacen siempre de una posición privilegiada. Hacer una película te convierte en alguien integrado, se quiera o no.

 

Dado que usted mismo lo ha experimentado prácticamente con el remake en 2004 de One Way Boogie Woogie, hay diferencias entre filmar un paisaje en 1977 y filmarlo hoy en día?

La diferencia más grande es uno mismo. Cuando volví a esos lugares, tenía realmente una referencia con la cual medirme. Me di cuenta de hasta qué punto sabía más que en aquella época. Pienso mucho más en lo que hago hoy en día, hasta el punto, en ocasiones de atascarme. En un espejo, nunca nos damos cuenta de nuestro envejecimiento. Este nos golpea cuando nos reencontramos con antiguos conocidos. La experiencia siempre es interesante. Dicho esto, América ha cambiado mucho también. En 1977 acababa de perder su inocencia en Vietnam. Recientemente he leído Travels with Charlie, escrita por Steinbeck en 1960, y Blue Highways, de William Least Heat-Moon, que data de 1977. Los dos cuentan un viaje al interior de los Estados Unidos. Steinbeck va acompañado de su perro Charlie, y habla mucho de racismo. William Least Heat-Moon, que posee orígenes indios, habla de la tierra, de la ruralidad (más tarde escribió otro libro digno de ser destacado que es Prairy Earth). Entre esos dos libros, 1960 y 1977, la pérdida de la inocencia debida a la guerra de Vietnam es impactante. Entre 1977 y 2004, fechas de los dos One Way Boogie Woogie, no hemos conocido un evento semejante, pero el carácter maléfico de ciertos regímenes necesitados del poder económico para dominar el mundo se volvía algo evidente. Cuando toda esa mierda vuelve hacia uno, incluso bajo la forma de un extremismo religioso, es el mundo el que aparece. América pudo pensar que el mundo había cambiado para llegar a tales hechos, pero no es él el que ha cambiado. Esto es algo que pude percibir entre las dos versiones de la película. Ya no estaba haciendo una comedia. Nada parecido a la anécdota que conté antes (ver la cuarta parte de la entrevista) respecto al rodaje de 1977 me sucedió, excepto por un propietario de un vertedero que quiso pelearse conmigo, sin duda porque llevaba un negocio ilegal. Tan sólo fue un enfrentamiento muy raro que llevó a una extraña paranoia.

 

La recurrencia del tema amerindio evoca The Exiles de Kent McKenzie. Trata un estudio sobre la vida de los amerindios residentes en Los Ángeles, con numerosas entrevistas. Muchos de ellos hablaban de desorientación espacial, de dificultades para caminar y orientarse en las ciudades. La mayoría no encontraban el camino hacia su casa porque habían memorizado la forma del autobús que les llevaba. Usted habla mucho de los indios americanos y de su relación, muy particular, con el paisaje.

No he investigado mucho sobre los navajos y sus mitos, digamos, creacionistas, que desde luego no son más creacionistas que la Biblia. Pero me gusta la manera en que ocupan los paisajes. Los indios Ansazi se albergan, por ejemplo, en acantilados y cañones y construyen casas inmensas para observar de qué modo se desplazan el sol y la luna. Me he interesado sobre todo por la forma en que América ha crecido con la noción de destino manifiesta. Esta idea de que la nación americana debía extender la democracia y la civilización hacia el oeste decretando de antemano que esa tierra era suya. ¿Cómo puede una nación desarrollarse sobre una tierra sin ninguna tolerancia por aquellos que la ocupaban antes que ellos? El país entero está construido sobre un genocidio legitimado por la idea de que Dios está de nuestro lado. Este “tema” está presente en numerosas películas. En Deseret (1995) por supuesto. O Four Corners (1997), que comienza por la historia europea antes de pasar a la de los indios. Empleo en primer lugar a Monet y su biografía como un estereotipo europeo. Por el contrario, el héroe es un pintor ficticio, una figura real pero novelada, que pintaba sobre los muros y cañones del Colorado. La gente que estudia estos dibujos sostienen que fueron hechas por un hombre, pero los mismos motivos se encuentran sobre tarros, supuestamente realizados por mujeres. He hecho de ese artista, pues, una mujer, lo cual es al mismo tiempo una mentira y una suposición plausible.

 

Citaba usted a Tati y Bresson. ¿Hay otros cineastas que os hayan impactado o influenciado?

Mis principales influencias son Snow, Frampton y Warhol. Pero porque soy autodidacta y mis primeras películas venían de aquello que buenamente podía comprender del funcionamiento de una cámara, cada nueva película está influida, sobre todo, por su precedente. En cada película, lo que aprendo sirve para la siguiente. Esta continuidad entre películas puede percibirse fácilmente. Dicho esto, nadie puede negar sus influencias. Por un autor o por la publicidad igualmente. Tengo poca estima por el cine narrativo tradicional. Pero dado que enseño en una escuela de arte, Cal Arts, y que algunos de mis colegas son muy buenos programadores, veo generalmente una buena película por semana. Por norma general, son películas del tercer mundo, o híbridos entre ficción y documental. Me influencian indirectamente, sin duda. El cine de Hollywood me ha sido completamente indiferente, sólo lo he visto durante viajes en avión. Creo haber visto todas las películas de Julia Roberts sin sonido. Así puedo, al menos, construir mis propios relatos. Hablando más seriamente, mi modelo de film narrativo sería Professione: Reporter. Y otros clásicos como Centauros del desierto o La conversación.

 

En el proceso de aproximación al paisaje, ¿intenta usted permanecer neutro, impersonal? ¿Borrar sus ideas y prejuicios?

Al contrario: soy muy consciente del hecho de estar en un espacio. Quiero recrear precisamente el sentimiento de mi presencia. LA fuerza del paisaje no puede ser sino aquella que yo percibo. Todo lo contrario de la neutralidad.

 

¿Mientras que ciertos paisajes son en ocasiones tan potentes y cargados emocionalmente que quizás basta con estar allí?

Pero he de saber algo, siempre, por ejemplo de orden geológico, para situarme y reconocer el origen de una cicatriz, de un surco cruzado por los mormones. Es así como encuentro un sentido y una dirección. La manera en la que encuentro los encuadres no es, al contrario, una indiferencia, más bien un verdadero apego.

 

Ha visto usted Aka. Serial Killer (1969) de Masao Adachi, que desarrolla una teoríaa del paisaje que es al mismo tiempo un manifiesto político según el cual el paisaje está fundamentalmente ligado al poder dominante? La película está únicamente constituida de paisajes que ha recorrido un asesino en serie. Dice que el paisaje está en sí tan cargado en fuerza, en crímenes, que mirando tan sólo un paisaje recorrido por un asesino se puede ver ese potencial de crimen.

Creo que alguien me ha descrito ya esta película, de tanto que se parece, evidentemente, a Landspace Suicide.

 

¿Qué vínculo establece usted entre el crimen y el paisaje?

Establezco una conexión directa entre el paisaje físico y el paisaje psicológico. Los dos crímenes de Landscape Suicide tienen que ver con el aislamiento. Uno en California, donde una chica, aislada en razón de su clase social, habiéndose mudado con su familia a un barrio rico, termina por cometer un crimen. Este está, pues, ligado de una u otra manera a el bello y primitivo paisaje de las afueras nor-californianas de San Francisco. Y la otra historia es la de Ed Gein, que vivía en una granja de Wisconsin completamente aislado por el invierno, y de quien todo el mundo pensaba que era un viejo ermitaño. Se desplaza para matar dos mujeres en un año en el pueblo vecino. Aislamiento físico y social que me permitía conectar estas dos historias. La primera parte muestra a la chica confesar su crimen, luego el paisaje. La segunda parte muestra el paisaje antes de ver la transcripción reinterpretada del proceso de Gein. Una espera ha sido creada, sabemos a qué atenernos.

 

¿Cuál es la importancia de Thoreau en su vida, en su trabajo?

Lo leí muy temprano, en el instituto, pero no tenía  ningún recuerdo. Lo releí al final de los años 90 encontrándome en Corea del Sur. Walden o la vida en los bosques era uno de los pocos libros en inglés disponibles en la biblioteca. De repente, Thoreau describía mi vida práctica del cine. Especialmente en el capítulo titulado “Sound”. Habla sobre todo de trenes que él escuchaba desde su cabaña, algo que me apela aún más desde que hice RR (2007). El libro prefigura en cierta forma la película. Cuatro o cinco años después empezé un curso en Cal Arts llamado “Looking and listening”, donde llevo a los estudiantes a la naturaleza para enseñarles a prestar a tención. Les pido escribir descripciones de una película que podrían hacer a partir de su observación. El año pasado, cuando decidí reconstruir la cabaña de Walden, me di cuenta de las conexiones que había entre este curso y el hecho de construir una cabaña. Vivía en medio de ninguna parte y repensaba en esta noción del outsider. Quería volver a hacer aquello que Thoreau había hecho en el pasado. Así que releí Walden y el primer párrafo de “Sounds” se asemejaba con gran exactitud a las descripciones que hacíamos durante aquel curso. Entonces ya podía decir verdaderamente que me había influenciado. He debido recorrer todo este proceso para comprender este capítulo como lo hago ahora. Habla sobre todo de un momento en el que, sentado en el porche, se da cuenta de que el sol acaba de aparecer en una ventana, indicándole que ha pasado allí toda la tarde. Siete horas prestando atención. Es ese tipo de tiempo a lo que deseo llegar.

 

En Thoureau está la idea de que la atención sería en sí misma una actitud política.

No estoy suficientemente familiarizado con las ideas de Thoreau sobre la desobediencia civil como para hablar al respecto, pero se hasta qué punto buscaba ser justo con sus ideas. Kasczinki también, hasta el punto de matar para defenderlas. Esto le vuelve muy distinto de los asesinos en serie motivados por fantasías sexuales o pulsiones. No podría jamás justificar sus acciones, pero no podemos hacer como si matara por raciones pulsionales o económicas.

Me parece verdaderamente deprimente que los demócratas no hayan sabido, en la carrera presidencial, seguir siendo tan radicales como habían sido. Joven, Hillary Clinton era realmente radical. Pero ha estudiado tan bien los engranajes del sistema que se ha convertido en una verdadera política. Puede que sea algo inteligente, que sea la única forma de llegar al poder…pero aún así no impide permanecerlo. Que Obama, verdaderamente admirable por su trabajo contra lo pobreza en los barrios del exterior de Chicago, de la palabra a un párroco, con su horror de discurso sobre América, fue muy decepcionante. Veremos qué pasa. Pero el corporativismo es tan fuerte como la esperanza es escuálida.

 

¿Piensa usted haber llegado al fin de un ciclo? ¿Tiene una idea de lo que sucederá?

No creo que mi próxima película sea muy distinta. Pero se tratará de otro país y otro medio. Voy a rodar en Alemania, y en digital. Una película sobre la clase obrera, sobre cómo es el soporte de la cultura, sobre cómo no puede haber cultura sin trabajo. El digital será sin duda un descubrimiento. Incluso si no me hago demasiadas ilusiones. Habrá otros problemas, sobre todo de proyección. Recuerdo la felicidad que tenía cuando proyectaba mis películas en 8mm sobre el lateral de mi frigorífico para los amigos. Bebíamos cervezas y reíamos. ¿Por qué no podría ya hacerlo? Podría encontrar museos que me permitieran construir una sala donde pudiera reencontrarse este sentimiento de intimidad. Cuatro o cinco personas juntas delante de una película.

 


Entrevista realizada el 11 de junio de 2008 en Serpa (Portugal) por Cyril Neyrat y Ricardo Matos-Cabo.

Maquetada por Antoine Thirion.

Traducida por Fernando Ganzo.


 


Landscape Suicide (1986)

© James Benning



casting a glance (2007)

© James Benning



The Exiles, Kent McKenzie (1961)


Four Corners (1997)

© James Benning



Deseret (1995)

© James Benning



AKA. Serial killer, Masao Adachi (1969)


James Benning pendant la construction de sa réplique de la cabane de Henry David Thoreau à Walden. © Jake Fuller

SÉPTIMA PARTE: OFF

Sus imágenes parecen siempre tener dos caras. Una hacia el presente y la otra vuelta al pasado. Particularmente en Deseret y Casting a Glance. ¿Está esto ligado al grano de la imagen en 16 milímetros, a su textura, a su origen fotográfico?

Es una idea interesante. El grano de la imagen como ruina del pasado. Cuanto más granulosa es una película, más vieja parece. Es interesante porque el cine se está volviendo cada vez más definido. Deseret trata sobre la historia y el periodismo, pero también sobre la historia del cine y cómo esta se aplica a todas las historias. El cine digital no emplea el mismo vocabulario. Ignoro cuál será su lenguaje. Pero al principio, las películas no implicaban la nostalgia, sino la novedad, ¿no? Los espectadores de las primeras películas proyectadas en una bovina veían cosas que nadie había jamás visto antes. Les parecía tan real que corrían fuera de las salas huyendo del tren que les perseguía, si esa historia es cierta, claro. El digital quizás tenga muy pronto su romanticismo igualmente. Una nueva nostalgia aparecerá por el antiguo vídeo. Ya existe con esas viejas cámaras puestas en venta a finales de los 80 inicios de los 90, cámaras muy pictóricas que tenían su propia paleta, su propia visión pixelizada.


¿Es una idea propia del digital volver a los orígenes del cine, a lo primitivo, a la frontalidad de la grabación?

(Se toma un tiempo de reflexión). Ayudé a Sharon Lockhart a montar su última película, Lunch Break. Había rodado en 35 mm en varias fábricas. Cuando terminamos el montaje, pensamos que era una muy buena película, pero nada más. Ella, más que yo, estaba decepcionada. Tomamos el plano que más nos gustaba y tiramos el resto. Montando con Final Cut Pro las imágenes de Quicktime en alta definición, aprendí a tener gusto por esas imágenes en 35 mm transferidas a la alta definición. A partir de ahí, pudimos ralentizar la película al extremo. De forma extraña, ya no se parece a una impresión óptica, los granos se intercalan y se disuelven los unos en los otros al pasar de una imagen a otra, dando la impresión de haber sido realmente rodado al ralentí. A continuación, me di cuenta al pasar imágenes de mi cámara a Final Cut Pro que tenían mucha más resolución que la película en 35 mm con la que ella rodaba. Me sentí casi indignado de que esa pobre camarucha tuviera una mejor resolución que una cámara de 35 mm. Ahora tengo curiosidad por esas cámaras más perfeccionadas como la Red. Puedes añadir ganancia para atenuar los contrastes y aproximarte al aspecto de una película, pero ese mimetismo no me interesa. Hay que utilizar siempre la cámara para aquello de lo que es capaz. Queda, después, el problema de la proyección: hay que controlar todo, proyectar desde un disco duro, etcétera. Si ayer han podido ustedes podido pensar que algunos puntos de la imagen vibraban durante la proyección de Lunch Break, es por culpa de la proyección y de la compresión de la imagen. A fin de cuentas, el trabajo de un cineasta tanto en vídeo como en 16 mm no es muy distinto: siempre hay que controlar la proyección.


¿Nunca ha regresado a ver la Spiral Jetty con una cámara HD?

No, pero fui allí la semana pasada. Estaba completamente fuera del agua. Nunca había visto el nivel del mar tan bajo, a 200 yardas del pie de la Jetty. El año pasado, el agua le rozaba aún. Pero basta que el agua vuelva a subir medio pie para volver al nivel de la Jetty, de tan poco profundo que es el lago.

No he previsto filmarla más. Querría, sin embargo, volver a hacer los sesenta planos de One Way Boogie Woogie en HD. Porque ya los he rehecho, 27 años después para grabar los cambios del paisaje y documentar las diferencias en la naturaleza misma de la película. La primera película tiene un aspecto hiper-realista, caótico, pop, con colores muy exagerados, mientras que el segundo, con colores un poco distintos, más reales, parece más triste. Se trata también de que la primera fue rodada con un tiempo muy soleado, mientras que estaba gris en el rodaje de la segunda.


Uno puede decirse al final de la película que la ciudad, gris hoy, era en otro tiempo más colorista. Algo que quizás sea también cierto. El color siempre tiene una ideología.

En digital, sería mejor sin duda con tiempo gris. Querría una imagen más suave. En Alemania aprendí también en octubre que el tiempo gris es perfecto para el digital. Pero he hecho tests en mi porche en California con tiempo soleado, y no es menos espléndido.


Ayer hablaba usted, tras la proyección de One Way Boogie Woogie, del humor en las películas y la forma en la que este se manipula.

Era una de mis preocupaciones en la época, antes de ponerme a hacer películas más controladas.


El humor era una cuestión importante del arte americano de los años 70. El funk art, por ejemplo.

Clayton Batley, Owen Land, William Wegman, que pedía a su pero deletrear b-e-a-c-h, y el perro le volvía la cabeza como si estuviera confuso…Los trabajos más provocativos de Vito Acconci eran también muy divertidos. No se si se enfocaban sobre el humor, pero era difícil ver a un hombre masturbarse debajo de ti contándote sus fantasías…era muy frontal.


Landscape Suicide, otra de las películas proyectadas ayer, es de una violencia muy impactante. No tanto en su contenido como en su construcción. Después de esta película, usted no ha empleado hasta tal punto a actores.

Hice una película justo después que se parecía mucho, otra película narrativa que se titulaba Used Innocence, donde utilizo a actores de la misma forma, recitando monólogos sacados de transcripciones de juicios. Después lo dejé, cierto, hasta que volví a hacer One Way Boogie Woogie, donde los mismos personajes volvían a representar el papel de hace 27 años. Esta deserción es también el resultado de mi propia transformación en alguien menos social, porque en la escuela la vida es demasiado sociable. Las películas son una forma de volver a encontrarme solo y comprender el objetivo de mi vida. Estas películas posteriores, una vez que me puse a enseñar en CalArts, se vuelven cada vez más abstractas en términos de presencia humana. Ahora vivo en Val Verde, a 2000 metros de altura, en las montañas californianas, en una casa conectada a una villa de 300 habitantes. Cuando me marché para dar clase en CalArts, venía del Lower Manhattan. Pasé de una ciudad gigantesca a un pueblecito.


Y cuando usted deja los EE.UU. para realizar Ruhr…¿se vuelve entonces una película sobre Alemania?

No lo se. Quizás más bien sobre una cierta condición mundial que sobre la propiamente alemana. Pero, una vez más, todo llega de forma accidental. No quiero revelar demasiadas cosas, pues perjudicaría la visión de la película. Lo que puedo decir es que la película cuestiona nuestros propios prejuicios en relación al contenido de esas imágenes. Si las hubiera hecho en 1995, no habríamos podido leerlas de la misma manera a causa de la política de los últimos años. ¿Ve de qué quiero hablar? Especialmente dos de ellas. No me di cuenta en el momento, hasta tal punto estaba concentrado en el proceso de repetición. No contemplaba lo que podría producir el raccord de dos imágenes. Pasé una o dos semanas mirando el resultado, me pareció obvio. El último plano de la película te hace releer realmente ese raccord de dos planos. El sentido político de la película no estaba premeditado. Sin embargo, está ahí, muy claramente.

Rodé en una mezquita en Duisbourg, que resulta ser la más grande en toda Alemania. Me dejaron filmar la ceremonia del viernes. Filmé durante dos horas pero muy pronto una masa llegó y la cámara recibió varios golpes. Me habría gustado tener las dos horas enteras, es un momento muy especial. Pero la gente se pone nerviosa y mira a la cámara. He conservado 15 minutos de todo esto. Intervienen inmediatamente después del primer plano y los aterrizajes de aviones. La parte que utilicé es el medio del oficio, donde la gente se levanta y se arrodilla en repetidas ocasiones al unísono. Es muy tranquilo y poderoso. Y eso que, particularmente en Duisbourg, es imposible conectar esta  imagen a la de los aviones. No se trata en principio de una yuxtaposición ideológica. El ritmo era mi única preocupación. Pero me di cuenta después que cada uno haría este vínculo, a pesar de mi intención: es nuestro propio prejuicio. Inmediatamente puede usted ver terroristas en esas imágenes inocentes. El largo plano final muestra una gran chimenea que recuerda una vez más poderosamente la explosión del World Trade Center. De pronto, Ruhr se convierte una película sobre el 11-S más que otra cosa. En nuestra época, todo aquello que explote o eche humo se convierte en el WTC. No voy a quitarlo porque las imágenes son leídas antes de ser vistas.


Esto levanta la interrogante sobre la intención y el contenido político de sus películas. Usted dice que el contenido político de esta película, en caso de haberlo, llegó en el curso del montaje. El contenido político de la trilogía californiana viene también de la yuxtaposición de las imágenes. ¿No hay pues intención durante el rodaje, sino solamente en el montaje?

En la trilogía californiana yo era muy consciente de las políticas del agua, que se volvieron en el montaje un aspecto esencial de la estructura global. Estas imágenes fueron recogidas antes con un sentido político. Antes incluso de rodar, sabía lo que iba a buscar. En el caso de Ruhr, es necesario imaginarme en sala de montaje durante una semana, tan concentrado sobre la repetición del paisaje, de los aviones, de las genuflexiones de los creyentes, que no me di cuenta de las implicaciones políticas. Es una extraña revelación. Nunca vi los aviones como armas. Hasta 2001, nunca les habíamos visto realmente como proyectiles. Podíamos verlos como máquinas capaces de proyectar armas, pero no como proyectiles que pudieran impactar contra los habitantes de grandes ciudades.


En Europa, la yuxtaposición de esos planos puede tomar un sentido distinto, ligado a la inmigración. Otro prejuicio. Los aviones no ya como armas, sino como vehículos de una invasión cultural. Estos prejuicios se han vuelto inevitables.

Es también por esta razón que he podido tener acceso a la mezquita. Querían ser totalmente transparentes sobre su práctica religiosa. Alejarse de los prejuicios, mostrar que se trataba de una ceremonia religiosa y no de una conspiración terrorista. Es a la vez emotivo y aterrador para mí. Emotivo porque el rezo comunal se convierte en individual. Porque los movimientos al unísono se desincronizan. Esto lo convierte, a mi modo de ver, en algo mucho más espiritual. Pero es ahí donde habla mi propio prejuicio contra las organizaciones religiosas o los regímenes totalitarios.


ONE WAY BOOGIE WOOGIE,  27 YEARS LATER (2009)

Frame enlargements by Georg Wasner, Austrian Filmmuseum



LUNCH BREAK de Sharon Lockhart

Caméra PXL2000 de Fisher Price. L’une de celles achetée par JB pour sa fille Sadie.

RED DIGITAL CAMERA

«B-E-E-C-H» (voir second film de cette vidéo)

Entrevista con James Benning.

Octava y última parte: entre Henry David Thoreau y Ted Kaszcinski

 

Decía usted ayer al presentar Casting a Glance que el anacronismo no le molesta. Que podría presentar imágenes de hoy como imágenes venidas directamente del pasado.

Es lo que aprendí con Casting a Glance. Habiendo filmado durante un año y medio sobre el Great Salt Lake, me di cuenta de que las variaciones del nivel del agua recreaba la historia de la Spiral Jetty. Sus 37 años de existencia en 16 viajes durante un año y medio. Podía a partir de ahí cartografiar fácilmente la historia de la Jetty. No sería mentir, dado que los niveles del agua eran los mismos. La idea me vino el primer día de rodaje: el novel del agua era exactamente el mismo que el día en que había sido construida. Podía casi ver el estado original de la Jetty, como y por qué lugar la había concebido Smitshson. Estaba de nuevo completamente nueva. Hay que saber que la historia de esta obra es muy agitada. La Jetty estuvo sumergida durante siete años; Smithson murió tres años después de haberla construido; recuperaba, al fin, su forma original. Todo esto parecía muy difícil de explicar mediante rótulos. Me dije entonces que tan sólo tenía que hacer como si esas imágenes hubieran sido tomadas durante 37 años. No creo haber obrado mal. Se aprende más pensando que es histórico. Una cosa interesante me sucedió presentando la película. Explicaba precisamente todo esto que acabo de decirles, y alguien vino para acusarme, diciéndome “es mentira, me he dado cuenta de que era más antigua al inicio del film, y que ha usted efectivamente filmado durante 37 años”. Esta impresión viene del hecho de que el primer plano es un poco oscuro, y que la película se va coloreando poco a poco a causa de la luz. Esta persona no podía creer que tal diferencia fuera natural. El último plan tiene también ese tono sombrío porque fue rodado el mismo día que el primero, a fin de obtener ese circulo, esa espiral temporal.

 

Cambiando de tema, usted reproduce folk art, cabañas, la de Thoreau y la del terrorista americano Ted Kasczinski, conocido como el Unabomber.

Ese es el sujeto de la conferencia que voy a improvisar en la Universidad de Pamplona. Construyendo esas dos cabañas, no me había dado cuenta de que intentaba resolver los mismos problemas que con American Dreams (1984), que documenta los años 1954-1975 año a año, a través de cromos de coleccionistas que representan a Henry Louis “Hank” Aaron, un jugador de béisbol negro conocido por haber batido el record de un blanco. Coleccioné todos los cromos desde el primer hasta el último año de su carrera. En la pantalla, vemos simplemente cromos. Cuando se ve la cara de los cromos se oye un discurso político pronunciado en ese mismo año; cuando se ve el dorso, se escucha una canción popular también de ese año. Se suponía que el film iba a ser eso y nada más, pero me parecía insuficiente. Añadí entonces el diario de Arthur Bremer con un subtítulo blanco que desfila sobre el fondo negro, como hice poco después con North on Evers. Mientras planeaba asesinar a Nixon, Bremer mantenía un diario. Finalmente disparó al gobernador George Wallace. Acabo de ver en Internet que Bremer ha salido recientemente de prisión. Tenía la esperanza de que iba a estar recluido toda su vida porque pura y simplemente robé su diario. Lo escribió en un periodo de seis meses en 1973. Se ve pues imágenes retrazando los años 1954-1975 al mismo tiempo que se lee un texto escrito en un periodo más reducido. Todos esos años llevan a comprender 1973, el momento en que Bremer intentó matar a Nixon en medio de una masa de gente y finalmente disparó a Wallace. En un sentido, este cambio de objetivo improvisado encajaba perfectamente con mi historia de béisbol de un negro que, por batir el record de un blanco, se ganó numerosas amenazas de muerte. Wallace era en aquella época la quintaesencia del defensor de la supremacía blanca, pero tras esa tentativa de asesinato que sufrió y que le dejó en una silla de ruedas, se volvió casi un socialista. Hay pues paralelismos interesantes entre estas dos historias que entran finalmente en colisión. En el proceso de trabajo, el añadido del texto resultó primordial. Sin ello, American Dreams sólo habría sido una película plana y didáctica.

En American Dreams, dos cronologías se entrecruzan. Cuando reconstruí la cabaña que Thoreau había levantado frente al estanque de Walden, tenía necesidad del mismo tipo de colisión histórica. Después tuve ganas de continuar con esos trabajos de construcción. Construí una réplica de la cabaña de Ted Kasczinski, el terrorista americano que había vivido en una pequeña cabaña de Montana alejado de todo durante 25 años antes de ser arrestado por el FBI. Su cabaña estaba inspirada en la de Thoreau. Tenía la misma forma, pero materiales diferentes. Continué pues mi trabajo de réplicas de arte. Cuando Kasczinski fue detenido, el FBI confiscó 278 libros en su cabaña. Decidí poner en mi réplica una biblioteca compuesta de una sesentena de libros extraída de la biblioteca de Kasczinski, y una cuarentena compuesta de otros que yo sabía o pensaba que él había leído. O que venían de mi propia colección. Estas dos cabañas de forma similar son totalmente diferentes por sus materiales y su interior. Me gusta más la de Kasczinski, incluso si parece una celda con minúsculas ventanas. Tuve que instalar un pequeño calefactor. La de Thoreau es más acogedora. Instalé una chimenea y grandes ventanas de tres pies por diez. Emplacé en el interior un número de réplicas de obras de artistas folk, obsesionados con su forma de trabajo. Es un poco injusto llamarles artistas folk, han consagrado su vida al trabajo. Mientras intentaba conocer sus obsesiones, buscaba saber por qué yo estoy tan obsesionado con mi trabajo, hasta convertirme en alguien tan poco sociable. Busco una respuesta a través de esos outsiders. Aunque, realmente, sobre todo he aprendido a pintar mejor.

 

¿Están cerca las dos cabañas?

Están a unos cuarenta metros de distancia, pero a penas se puede ver una desde la otra. Peor aún si hay algo de humo. Desde el porche de mi casa, no vemos más que una esquina de la cabaña de Kasczinski.

 

Al escucharle describir esos trabajos, pensamos también en Deseret. Todos esos planos rodados en los 90 son también, en cierto sentido, una suerte de “fake art”. Decía usted que para cada historia, un plano se refiere literalmente a la historia, pero no sabe usted nunca cuál. Podría ser cualquiera.

Sí. Uno se pregunta cual, y a qué tiempo pertenecen. A veces es evidente, y cómico, cuando un coche atraviesa la imagen a toda velocidad y uno se da cuenta de que se refiere a los récords de velocidad de los que habla el extracto del New York Times. Pero cuando se trata de una masacre, uno no puede saber ya donde tiene lugar. Es una cuestión capital, dónde sucedió. Hay que plantearse después preguntas sobre el texto. Las historias más antiguas fueron escritas por gente que recorría los territorios. No por periodistas, sino por aventureros, exploradores, que escribían un montón de cosas falsas, afirmando por ejemplo que los mormones tenían esclavos. El New York Times presentó esas mentiras como verdades. Cuando mostré la película en Utah, los espectadores sabían qué historias eran verdaderas y cuáles eran falsas. Vieron la historia que el periodismo había escrito.

 

La película obtiene al final una profundidad política sorprendente, mezclando aspectos históricos, ecológicos, industriales…

La primera parte trata sobre todo de las tentativas del este de establecerse en este territorio reduciendo el poder mormón. Cuando los mormones decretan que la poligamia es injusta y Utah se convierte en un estado, se convierte en un modelo perfecto de la derecha para América. Si bien al principio estaba al sueldo del gobierno, el New York Times carga desde entonces contra el gobierno al hablar de paisajes maltratados por los militares. La situación dio la vuelta completamente cuando Utah fue reconocido como un estado completamente. Es siempre curioso cómo un periódico que supuestamente busca la verdad escoge así su campo.

 


Declaraciones recogidas el 21 de febrero de 2009 en Pamplona por Cyril Neyrat y Antoine Thirion.

Traducidas al español por Fernando Ganzo.

 

OCTAVA Y ÚLTIMA PARTE : ENTRE HENRY DAVID THOREAU Y TED KASZCINSKI

casting a glance (2007)

© James Benning





La palabra “Evers”, en el titulo de su film, North on Evers (1991),

¿se refiere al Medgar Evers al cual Dylan dedicó Only A Pawn In Their Game?

Si, pero tras un largo camino. Compré una moto en 1989. Debido a ciertas dificultades amorosas, decidí recorrer los Estados Unidos. A mi regreso, escribí una especie de diario de viaje que me hizo finalmente pensar en el de Arthur Bremer. Por ello  reutilicé para esta pelicula el mismo proceso de subtítulos desfilando que en American Dreams (1984). A continuación volví a la carretera, esta vez con una cámara. La idea era reunir paisajes y retratos de mis encuentros. El primer viaje ya era, en cierta forma, un regreso a mi pasado, para reencontrar amigos a los que había perdido de vista. Al mismo tiempo, recorría lugares históricos que hacían eco a mi historia personal, o que conocía por libros. Atravesé un viejo campo de batalla de la época de la Guerra Civil. La primera vez, aquello no tenía realmente ningún sentido para mí, excepto el de un extraño turismo. Atravesé el Missisipi y Alabama, y poco a poco me di cuenta de que era como regresar a la época de los años 60 y de las luchas por los derechos civiles. Deseaba visitar la casa donde habían asesinado a Medgar Evers, activista por los derechos de los afro-americanos, a quien evoca Dylan, efectivamente. Pensaba que lo habían matado en Fayette, Missisipi, que era, de hecho, la ciudad donde su hermano mayor, Charles Evers, había sido elegido alcalde en 1969, convirtiéndose de paso en el primer alcalde negro de una ciudad del Missisipi. En las calles de Fayette, la gente me indicó que Medgar Evers había muerto en Jackson, Missisipi. Al llegar allí, encontré en la biblioteca, en viejos listines telefónicos, el nombre y la dirección de Medgar Evers. Si conduces hacia su casa, es necesario atravesar un boulevard llamado Evers, en homenaje a él. Es algo curioso, tratándose de un hombre detestado hasta tal punto, y asesinado por el Ku Klux Klan. El título de la película viene de ahí. Escribí en mi texto: “I took it norht to go to his house”, y el “north on evers” indica la direción norte de la avenida Evers.


¿De qué modo realizó los retratos, tratándose de algo bastante excepcional en su trabajo?

Nunca lo había hecho antes. Imaginaba hacer instantáneas al hombro, como fotos ligeramente flotantes. En un bar donde había ido en el transcurso de mi primer viaje, volví a encontrar a ciertas personas que se habían convertido en mis amigos. Estaban bastante tranquilos, a gusto y dispuestos para ser filmados. Mientras llevaba a cabo esos sesentaycuatro retratos, quedé completamente estupefacto ante su belleza. Los planos son relativamente cortos, con la intención de no crear ansiedad. Ellos miran, y se entregan a la cámara de manera muy simple. Se trata de retratos mudos porque todo el film fue postsincronizado. Tratándose de un viaje en moto, no me había provisto del Nagra, y no grabé los sonidos de ambiente representativos de esos lugares hasta más tarde.


Decía usted considerarse como un “artista folk autodidacta”...

Me sigo considerando autodidacta porque en realidad sólo he aprendido con mis propias películas. Sin embargo, volviendo a pensar sobre esta idea, dejé de enseñar matemáticas para volver a la escuela y estudiar el cine, en la Universidad de Wisconsin. Aprendí mucho de David Bordwell sobre el cine europeo. Me enseñó películas de Jacques Tati, ya que él había visto que me interesaba por el hecho de crear espacios extraños y minimales. Fue algo que me ayudó mucho. Pero en aquel momento yo no sabía qué hacer. Comencé haciendo películas narrativas que se iban volviendo cada vez menos y menos tradicionales. En 1973, la naracción ya no era para mí más que un contexto para poder experimentar dispositivos formales, y una forma de atrapar a los espectadores y forzarles a mirar.


Al respecto de estos juegos de lógica, usted ha evocado frecuentemente a George Landow.

Me encanta su trabajo. Cuando era profesor en North Western, él daba clases en el Art Institute y yo conseguí que le contrataran para dar un curso. Me gustan mucho sus experimentaciones formales y el hecho de que se relacionen con distintos lugares al mismo tiempo Y su humor, por encima de todo. Los pandas gigantes, las conversaciones interminables sobre el matrimonio...


¿Es posible ser al mismo tiempo un artista folk y un cineasta experimental, un artista de vanguardia?

El folk art es un concepto erróneo. Califica además a una gran cantidad de malos trabajos. El arte folk me interesa en tanto que arte outsider, en tanto que se trata de un gesto que viene desde fuera del arte. Se trata simplemente de artistas que enseñan un lado oscuro de su ser, volcándolo sobre el papel. Estar en el mundo y fuera del arte es también lo que buscaba al construír las réplicas de las cabañas de Thoreau y Kasczinski. Intentar comprender por qué hay gente que quiere repentinamente vivir alejada, y qué es lo que nos transmiten a su regreso. Este movimiento que te aleja de la buena vida y al mismo tiempo te da la posiblidad de ver qué es la vida verdaderamente.


¿Esta idea de folk art tiene algo que ver con su relación con el público, con la manera en que a usted le gustaría que sus películas fueran vistas, recibidas, compartidas?

Es dificil para cualquier tipo de artista saber si el publico forma parte de la ecuación del proceso de trabajo. Evidentemente, muchos artistas tienen un inmenso ego que necesita ser satisfecho por una gran audiencia. Por otro lado, si no haces obras para nadie más que para tí mismo, vale tanto como no hacer nada. He tenido la suerte de econtrar una audiencia suficiente para mi ego. Dicho esto, siempre me encuentro sorpresas agradables. Todas mis películas buscan resovler problemas que yo me planteo. Estos problemas son suficientemente generales como para poder ser compartidos por un público que puede encontrar una puerta de entrada suficentemente amplica. Casting a Glance (2007), por ejemplo. Mi problema inicial es hacer una obra sobre una obra, la gran Spiral Jetty de Robert Smithson, y negociar el espacio entre esta obra y la que yo estoy haciendo. Encontrarse con una obra realmente importante desde mi punto de vista es, en si mismo, una tarea dificil. La fuerza de la Spiral Jetty es tal que puede dar por tierra con un film. Pero al filmar, me doy cuenta de que la película se fija cada vez más sobre la forma en que la Jetty funciona como un parámetro del cambio. Y ese cambio es aún más fuerte que la Jetty. Tan fuerte que él puede, a su vez, hacerla desaparecer (no olvidemos que desapareció bajo la superficie del Great Salt Lake durante dos décadas). Puede verse entonces el poder de la naturaleza vibrar alrededor de la obra. Es eso lo que la convierte en algo tan dinámico e importante. La Jetty me da, por lo tanto, un campo de estudio visual para una pintura del cambio. Cuando Smithson realizó esta obra, le preguntaron qué materiales utilizaría, qué dimensiones tendría la Jetty y hasta qué punto ella sería masculina, a causa de los grandes camiones y equipos de construcción que se estaban utilizando. Smithson respondió que utilizaría todos esos medios, pero que eso no significaba, en principio, una buena obra. Que una buena obra podía hacerse, simplemente, by casting a glance, echando un vistazo. Alcanza así lo más poético y lo más dulce, utilizando la palabra casting (moldeado) que evoca igualmente la escultura. He ahí el tipo de negociación posible con un lugar, el desafío que se erige ante tal obra. A continuación, me di cuenta de que el increíble cambio al que estaba asistiendo se convertiría a si mismo en ese “casting”. La naturaleza lleva a cabo por sí misma este moldeado de sal.


SEGUNDA PARTE : DE AVENIDA A ESPIRAL

From North on Evers, 1991

Robert Smithson at the Spiral Jetty, Rozel Point. DR

A House on the Evers avenue. Medgar Evers was a African American civil rights activist. He was murdered by a member of KKK in 1963.

James Benning during the construction of his copy of Henry David Thoreau’s cabane in Walden. © Jake Fuller

SEXTO EPISODIO: BACK TO GERMANY

Sexto episodio y segunda parte de nuestra entrevista con James Benning. Después del relato del largo maridaje entre el cineasta y los 16 mm y de su interés por las figuras heroicas y antiheroicas americanas, he aquí la descripción de su descubrimiento del digital. Distinguido purista del celuloide, acabó llegando al digital, como Jean Marie Straub, con un temor progresivamente desbordado por la excitación del descubrimiento.

Para unos cineastas así, tan conscientes de las posibilidades y de los límites de su herramiente, tal cambio es una ocasión única. La ocasión de sacar provecho de una novedad técnica para proyectar su obra en una luz diferente, para responder a nuevas limitaciones con nuevas soluciones. Suele ser así como Benning concibe su trabajo: como un problema matemático que ha de resolver.

No hay que creer, sin embargo, a la ligera que todo se resume en esto. Algunas películas, como One Way Boogie Woogie han podido permitir pensarlo, pero el parametraje matemático de ciertas películas no es sino la confirmación de la conocida definición que P Adams Sitney donó al hablar de película estructural: un cine simplificado y predeterminado por una fórmula, la evidencia transparente de una estructura. Sin embargo, esto sería perderse lo esencial: la extraordinaria profundidad de tiempo de sus películas, la riqueza de los signos que encubren.

Ruhr es, al fin, una nueva etapa en la larga relación de JB con Alemania. Sus padres nacieron allí, sus películas han sido ampliamente difundidas en el país bávaro, en el Forum de la Berlinale y en la televisión. A menudo son igualmente producidos allí. Han sido necesarias algunas décadas para que ruede allí: es un paso adelante y un salto hacia atrás. El resultado acaba de ser mostrado en Duisbourg, y cerrará la retrospectiva del Jeu de Paume, desplazada el 17 de enero a las 17 horas al 104, en el marco de la residencia de la revista Independencia.

 

Hablemos del presente. Aún no se ha pronunciado demasiado sobre la cuestión del digital, al cual usted ha llegado recientemente. La última vez que nos vimos, usted iba a empezar a trabajar con el digital. Acaba de terminar ese proyecto, Ruhr.

 

Compré una cámara HD Sony EX3 y empecé a rodar en formato 16/9. Pensaba que no me iba a gustar, pero poder hacer planos largos sin la torsión de imagen que provocaría un gran angular me gusta. Pensaba igualmente que me molestaría el efecto de diapositivas proyectadas que puede tener el vídeo cuando no hay mucho movimiento. Me pareció perder esa profundidad de tiempo de la película en celuloide. Pero encontré algo desde el mismo primer plano que me pareció una gran ventaja. Mi idea era grabar el anochecer y las luces de una pista de aterrizaje. Grababa en Düsseldorf, desde un bosque que bordea el aeropuerto, en octubre, cuando no quedan ya muchas hojas sobre los árboles. Había más hojas sobre el lado izquierdo del cuadro, y casi ninguna en el derecho. La resolución superior de esta cámara, comparada con el 16 mm e incluso el 16 mm, delineaba una pequeña rama a la izquierda de la pantalla. No hacía prácticamente viento, una circunstancia que me dio el efecto de diapositivas proyectadas que temía. Esperaba que el lugar estuviera más iluminado, pero, a pesar de la sensibilidad del vídeo, la luminosidad era demasiado débil. En lugar de aquello que había ido a buscar, obtuve un resultado más precioso. Todo parecía estático hasta el momento en que un avión pasa a través del cuadro, tras cuatro o cinco minutos de espera. Treinta segundos después, un soplo de viento podó el plano, haciendo ruidos extraños. Una fina rama rota se balancea. Plano fijo animado por un movimiento minimal, una rama que vacila, y después todo se detiene de nuevo. Cuarenta y cinco segundos después del paso del avión, llega una variación del clima debido al motor, un sistema natural creado por el avión y el viento. El conjunto del plano se puso a zumbar. Es el otoño, caen algunas hojas. Fijeza interrumpida por vientos cortantes; de nuevo, la quietud; después una extraordinaria dinámica que regresa lentamente a la quietud, hasta el paso de un nuevo avión. Filmé siete en la media hora siguiente. Me fui volviendo cada vez más consciente de que el avión era la causa del movimiento de todo el sistema. Esta experiencia me dio la prueba de todo de lo que esta cámara era capaz: la resolución, la quietud, la capacidad de registrar con la misma calidad tanto los movimientos mínimos como los más elaborados. Al ser desde ese momento capaz de grabar planos de dos horas, podía obtener más detalles dado que en el proceso de repetición, las cosas no serían nunca completamente las mismas. El primer plano me dio pues la simple idea de un proceso que se reproduciría. El hecho de rodar en Alemania era un factor importante. Hay que saber que viví doce años en California antes de atreverme a regresar. Era pues más bien incómodo retratar un lugar sin conocerlo. Conocía, por el contrario, ciertos procesos como los aterrizajes de aviones, que son los mismos en todos los países. Esa sería en cierto modo mi referencia entre lo desconocido. Método inverso al que normalmente utilizaba: generalmente, es el conocimiento de un lugar el que me permite comprender los procesos que toman lugar en él.

 

¿No echa de menos el hecho de no tener ya una limitación del tiempo de las bobinas de película?

 

No habría sido jamás capaz de hacer ese plan con bobinas de 400 pies. Pude grabar dos horas y después escoger los diez minutos que quería. Eso es un lujo. Podría hacer más si fuera necesario: tengo seis tarjetas de memoria, es decir, seis horas disponibles. Las ventajas son numerosas. En exterior más que en interiores. La iluminación de los platós de televisión es catastrófica: los rostros son demasiado claros. En estos momentos se están documentando las dificultades de la transición a la imagen de alta definición.

Los nuevos equipos traen nuevas variables. En el primer plano de Ruhr, todo parece tan definido que provoca un aumento del tiempo que el espectador puede pasar observando la imagen. Se vuelve más activo, ya que puede ver más profundamente en el interior del plano, y a partir de allí tener el sentimiento del tiempo que pasa.

 

Es un sentimiento del tiempo muy diferente, dado que, en película, lo que vuelve a la duración sostenible era, en cierto modo, la ausencia de definición, la atmósfera, el aura, el grano… Pero es también función de la imagen que se obtiene. Mi película tiene dos partes, la primera comporta seis planos, la segunda uno, que dura una hora y diez minutos. En este último cuadro, a causa de las transformaciones del cielo, todo es muy dinámico, y el movimiento gana en sutilidad.

 

¿Habría podido usted realizar TEN SKIES con esta cámara?

Sí, pero el 16/9 no habría resultado conveniente.

 

¿Es algo premeditado el hecho de recomenzar, en alta definición, fuera de los Estados Unidos?

Hasta este momento, sólo había filmado cuatro planos fuera de los Estados Unidos. Uno del lado canadiense de las cataratas del Niágara, y los tres otros en la frontera mejicana para UTOPIA. Son las únicas veces que he sacado mi cámara de los Estados Unidos. Era, pues, extremadamente distinto, más aún teniendo en cuenta que no estaba listo para viajar con todo este equipo, ni listo para verificar sin parar que no faltaba nada. Con un asistente, habría podido llevarlo todo. Pero una vez en el lugar, encontré una manera coherente de filmar ese lugar sin conocerle al agarrarme a procesos que me eran familiares. Había pasado un poco de tiempo en Duisburg el año anterior para dar el curso que hago en Cal Arts, “Looking and listening”. Allí, una persona me guió. Volví inmediatamente para filmar ciertos lugares, gracias a algunas investigaciones que había podido hacer mientras tanto. Pensaba que mi película debía tener tres partes, y una de ellas documentaría una escultura de Richard Serra observándola bajo diferentes ángulos y en diferentes estaciones del año, como había hecho con la Spiral Jetty de Smithson en Casting a Glance. Una vez en el lugar, filmar la limpieza incesante de la escultura me interesó más. Todo el trabajo, muy complicado, que representaba este borrado, con hielo seco bajo alta presión. Un proceso muy lento y ruidoso. El gesto de borrar los graffiti de la escultura me llevaba a algo sobre lo que la gente considera ser verdadero arte y lo que no lo sería. Me gustaba la verticalidad de la escultura de Serra y quería filmarla del otro lado, como la superposición de un 16/9 vertical y un 16/9 horizontal. Filmar una contradicción, la sugerencia de un espacio fuera de campo. Pero cuando se mira la imagen, la obra parece simplemente un pequeño cuadrado lleno de graffiti, casi como un lienzo cuadrado.

 

Declaraciones recogidas el 21 de febrero de 2009 en Pamplona por Cyril Neyrat y Antoine Thirion. Traducidas al español por Fernando Ganzo.

 

 


FIRE AND RAIN (2009)

© James Benning



Richard Serra, Weitmar, 1984

DUISBURG/GERMANY